El esfuerzo por construir paz en nuestra comunidad nos empuja necesariamente a hablar de la dualidad, ese principio filosófico que apela a la doble naturaleza de las cosas: lo positivo y lo negativo, lo material y lo espiritual, lo abstracto y lo concreto, la luz y la sombra, etc. La belleza de una rosa contrasta con la hostilidad de sus espinas, la dulzura de la miel contrasta con la incómoda sensación de pegatina que deja al tacto, y el apacible sonido del correr del agua en un río, en una cascada o en una ola de mar, contrasta con la voracidad de su fuerza al atrapar cualquier objeto entre sus implacables corrientes. Todo en este planeta Tierra tiene la dualidad por característica.

En el ser humano, esa dualidad también nos somete a una lucha constante tanto en lo interno como en lo externo, la cual suele proyectarse en conductas incongruentes difíciles de comprender. Se supone que la educación y formación de carácter debieran ayudarnos a contener los impulsos de nuestra sombra y cultivar las virtudes de nuestra luz, pero parece que la tendencia “Kitsch”, que desde hace décadas privilegia la vida placentera e indulgente va ganando terreno, pese a los esfuerzos de quienes aún desean privilegiar la disciplina del carácter y la cortesía de un buen corazón.

Lo cierto es que el rampante ego que gobierna nuestra sombra está en lucha constante contra la conciencia que gobierna nuestra luz: verdad vs mentira, bondad vs maldad, belleza vs vulgaridad, amor vs indiferencia, compasión vs indolencia, etc. Esta lucha de fuerzas, en el mejor de los casos nos pone de mal humor, pero en el peor de ellos nos polariza peligrosamente en algún extremo patológico, por lo que ningún esfuerzo por llamar a la sana medianía está de sobra.

El resentimiento, el miedo y la ira son emociones típicas de quienes están bordeando esos extremos peligrosos, y normalmente se proyectan en forma de intolerancia, juicio, crítica, expresiones de odio y la búsqueda constante de chivos expiatorios. Las diferentes corrientes ideológicas siempre han sacado ventaja de estas luchas, pero en realidad, donde se generan es en el mismo individuo que, deseando un poco de alivio para paliar sus frustraciones, busca filias entre quienes piensen o sientan igual que él o ella, así como reductos contrarios donde pueda volcar y depositar su malestar.

Hacer conciencia de ello nos permitirá en principio, preguntarnos cómo contribuimos nosotros en lo personal, a violentar el entorno con nuestro discurso, nuestra actitud, nuestro mal humor, nuestra intolerancia, nuestra hostilidad o nuestra rebeldía. Quizá no carguemos con pistola en el cincho, o quizá no traigamos un bate en el auto, pero muchos sí parecen desenfundar una espada con su lenguaje verbal y no verbal. Hagamos un alto, reflexionemos y bajemos las “armas”.

Ciertamente, la sensación de inseguridad nos lleva a una compulsiva defensividad agresiva, pero también lo hace de manera sutil, la ácida actitud de crítica y juicio que hoy encontramos en cualquier plática de café o sobremesa. ¿Acaso no valdrá la pena “matizarnos” un poco? 

Por un Zibatá de orden y respeto, mejoremos nuestro nivel de conciencia.

Artículo publicado en octubre de 2021.

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